domingo, 28 de mayo de 2017

'ANTIQUITAS' PUBLICA OTRA CONTRIBUCIÓN SOBRE PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO PERDIDO Y OLVIDADO DE OSUNA



1. Elementos patrimoniales históricos y arqueológicos arruinados de Osuna. (© Pachón, 2014).

     El último número de la revista Antiquitas que anualmente edita el Museo Arqueológico Municipal de Pruego de Córdoba, ha vuelto a tener a bien publicar un trabajo sobre patrimonio arqueológico de Osuna, aunque en este caso hayamos tenido que centrarnos en esa parte tan abundante de los bienes patrimoniales de la localidad sevillana que se han perdido irremediablemente o que, olvidados, pueden también convertirse en elementos irremediablemente irrecuperables.

2. Portada del último número de Antiquitas.

     El presente número corresponde al n,º 28 de la serie, perteneciente al año 2016 y su contenido, como en otras ocasiones es bastante amplio y multifacético, como puede apreciarse con la simple lectura del índice de la revista:

3. Contenido del ejemplar de referencia.

     El trabajo es una colaboración con José Ildefondo Ruiz Cecilia, quien dedicó su tesis doctoral al estudio de la gestión patrimonial de la arqueología de Osuna, que ya había trabajado en pblicaciones similares y que, amablemente, nos ha pernitido participar en esta aportación de otros aspectos derivados de aquel trabajo de doctorado. Del resu,tado pueden juzgar ustedes mismos, directamente:

4. Página 1 del trabajo.

5. Página 2 del trabajo.

6. Página 3 del trabajo.

7. Página 4 del trabajo.

8. Página 5 del trabajo.

9. Página 6 del trabajo.

10. Página 7 del trabajo.

11. Página 8 del trabajo.

12. Página 9 del trabajo.

13. Página 10 del trabajo.

14. Página 11 del trabajo.

15. Página 12 del trabajo.

16. Página 13 del trabajo.

17. Página 14 del trabajo.

18. Página 15 del trabajo.

     El panorama que reflejan esas páginas es poco halagüeño, porque manifiesta una irreparable pérdida patrimonial para los bienes culturales de Osuna; pero, afortunadamente, ha quedado constancia de qué se ha perdido, al menos de bastante de ello, lo que supone -en cambio- es la recuperación de su memoria y la posibilidad de mantener vivo el recuerdo de lo que hubo y de lo que hubiera sido posible conservar. Por otro lado, la permanencia de otros vestigios de restos patrimoniales que se creían perdidos, como ocurre con el muy probable puente romano de la Albina (fig. 19), ofrece la posibilidad a los ursaonenses y a sus responsables políticos de cambiar el curso de las cosas, de apostar por la recuperación efectiva de lo que queda y cambiar el curso de una historia local, que en el tema patrimonial y arqueológico no ha sido hasta ahora demasiado edificante.

19. Osuna. Puente de la Albina. desde el noreste. (© Pachón, 2015).

     En definitiva, la nueva publicación es una llamada más a la conciencia de los ciudadanos de Osuna, de sus responsables culturales y de todo aquel que sea consciente de la necesidad de frenar definitivamente la destrucción patrimonial y arqueológica. Espero que su lectura contribuya a hacer crecer las voces y las conciencias de aquellos que, de una vez por todas, hagan factible la conservación del patrimonio de todos.


sábado, 4 de marzo de 2017

CONCESIÓN DEL PREMIO 28 DE FEBRERO 2017 DEL AYUNTAMIENTO DE OSUNA


No suelo airear los reconocimientos propios. Pero, dadas las circunstancias del caso, voy a hacerlo en esta ocasión y, espero, que no sirva de precedente.

Sabido es que mis aportaciones sobre el patrimonio arqueológico de Osuna han venido desarrollándose en un tono discursivo, en el que siempre ha estado presente la crítica consciente a la dejadez institucional por el pésimo o nulo cuidado de los vestigios históricos más antiguos de la Osuna romana, prerromana y prehistórica, Tanto es así, que resultará fácil su comprobación, si se releen algunas de las entradas anteriores que he dedicado al yacimiento sevillano en este mismo blog.

La consecuencia venía siendo una relación no todo lo amigable que debiera con los responsables autonómicos andaluces y con la corporación local, que eran quienes más directamente recibían mis diatribas, siempre que tenía ocasión de evidenciar un nuevo caso de abandono patrimonial, dejadez en el cuidado debido o permisividad en la presión urbana sobre los espacios del BIC en la localidad sevillana. Pero, jamás existíó una ruptura de facto, porque paralelamente nunca rechacé colaborar en iniciativas municipales que desarrollaran aspectos culturales de la naturaleza que tratamos.

Por otro lado, al Ayuntamiento no le interesaba mantener la imagen que Osuna había alcanzado en el pasado siglo, como uno de los centros más activos de la arqueología clandestina y del comercio ilegal de antigüedades, por lo que inició el apoyo a proyectos de difusión de arqueología e historia antigua local de carácter más general (González, 1989), o algo más particular (Chaves, 2002), en algunos de los cuales tuve una intervención directa (Engel y Paris, 1999; Pachón, 2002); al margen de la normalización de la arqueología urbana en el municipio, que había venido de manos de la aplicación de la nueva ley de patrimonio histórico andaluz (LPHA), desde la década de los ochenta.

En la misma línea, una de las secciones culturales locales en las que el Ayuntamiento ejerce su patronago, el Patronato de Arte, así como su expresión editorial periódica, los Cuadernos de los Amigos de los Museos, empezaron igualmente a cuidar y promover estudios específicos sobre patrimonio arqueológico local, de los que debemos destacar nuestro análisis de Las Cuevas (Pachón y Ruiz Cecilia, 2006) y la publicación colectiva sobre el album fotográfico de Pierre Paris (Ruiz Cecilia y Moret, eds. 2009), en el que también intervinimos. Todo, por no hablar del variado muestrario de artículos más especializados que hemos ido incuyendo en sucesivos números de aquellos Cuadernos. En casi todos estos trabajos no faltan afirmaciones reivindicativas contra una labor poco esforzada de las autoridades locales, ante un patrimonio arqueológico que siempre nos ha parecido excesivamente abandonado y falto del necesario cuidado y prevención institucional.


Ante este panorama, que el Ayuntamiento de Osuna haya decidido dedicarme uno de sus premios 28 F, en su VIII edición, no ha dejado de sorprenderme. Más que mis méritos, si es que los hay, quisiera creer que algo ha cambiado en la actitud de una corporación municipal que, pese a los sinsabores que he podido provocarle, concede esta distinción a un conocido outsider, en lo que quiero pensar se trata del verdadero deseo de superar posiciones enfrentadas y buscar caminos únicos de encuentro que garanticen lo único que debe movernos a todos: la recuperación del patrimonio común.


Para acabar, me gustaría trasladar las palabras que pronuncié en el acto de recepción del galardón, agradeciendo la generosidad del Ayuntamiento y mostrando mi particular posición en esta relación de amor-odio con la arqueología de Osuna y de sus responsables patrimoniales:



Desde hace unos días, cuando la Excelentísima alcaldesa de Osuna me comunicó amablemente la concesión de esta distinción, he estado debatiéndome en un mar de pensamientos encontrados. Lo que no impide que empiece expresando mi más profundo agradecimiento hacia la actual corporación municipal por el honor que me hacen con este galardón.

En segundo lugar, quisiera permitirme dedicar este reconocimiento a una persona de la que ya nadie se acuerda: mi padre Juan Pachón Cordero, antiguo empleado del Ayuntamiento, colaborador de Radio Juventud de Osuna y de la revista de feria, poeta y orador notable, cuya muy lejana desaparición imposibilita que hoy pueda disfrutar de estos momentos con nosotros, pero sin cuya pérdida difícilmente podría yo ahora estar con ustedes. Mi vida hubiera sido seguramente otra.

Aludiendo ya a mi persona, aún a riesgo de no ser objetivo, si algo represento es ser uno más del reducido grupo de extravagantes estudiosos que venimos fijando nuestra atención en cuestiones que, para la gran mayoría, no pasan de ser ruinosos y polvorientos restos de un pasado que ahí está, estorbando las más de las veces y, en Osuna, además, ocupando un espacio exageradamente amplio.

Y todo, cuando la mayoría de nuestros paisanos parecen haber estado empeñados en los últimos siglos en ocultar esos restos, desdibujarlos y hacerlos desaparecer en una sistemática e iletrada práctica que llegó a convertir a Osuna en uno de los centros más activos del furtivismo y del abandono de la arqueología patrimonial.

En contra, esa minoría de la que he venido formando parte, ha empeñado sus fuerzas en hacer visible un pasado histórico-artístico, arqueológico y patrimonial muy poco evidente, en muchos casos fantasmal y casi siempre invisible a cualquier mirada poco avezada. Así, un importante espacio de mi tiempo lo he dedicado a esos vestigios, insistiendo excesivamente en la necesidad de su estudio, valorización, recuperación y salvaguarda. Un trabajo arduo, que no quiero destacar aquí a modo de hercúleo esfuerzo sobrehumano, porque si algo de esto ha podido haber, siempre he contado con la importante colaboración encontrada en otros ursaonenes que, aún a riesgo de olvidar a alguno de ellos, quisiera recordar aquí a José Ildefonso Ruiz Cecilia, Lorenzo Cascajosa o al mismo Francisco Ledesma.

Pero ese trabajo también ha coincidido con la dolorosa comprobación de la impenitente cerrazón de todo tipo de administraciones que parecían no querer abandonar aquella posición de ciegas miradas hacia el pasado común.

El resultado ha sido una confrontación con tintes agridulces, en la que sí es obligado agradecer que el Ayuntamiento de Osuna colaborara en la edición de algunos de mis estudios como el de Las Cuevas o el del facsímil razonado de la excavación francesa de inicios del siglo pasado. Como así ocurriera con la publicación del excelente vídeo sobre Las Cuevas, que fue una especie de prolongación gráfica del libro que hicimos sobre Las Cuevas con el propio José Ildefonso. Pero también se echa en falta una más intensa intervención en la recuperación de las estructuras arqueológicas que aún subsisten en el yacimiento y que nunca han tenido el necesario empuje económico en los presupuestos del Estado, de nuestra Autonomía o del Ayuntamiento.

No pretendo polemizar, no es el momento, ni desanimar a los representantes locales que hoy nos acompañan, porque frente a lo que ocurría no hace tanto tiempo, hoy mucho se está haciendo desde el Ayuntamiento. Y me consta el importante esfuerzo que canaliza por revertir la situación de monumentos que algunos dábamos por perdidos como el teatro romano, incluso de otros desconocidos, como la muralla que rodea la Rehoya a lo largo de la calle Caldenegro.

El patrimonio arqueológico de la antigua Osuna es tan inmenso, que a los ojos de un apasionado paisano como el que represento, todo esfuerzo siempre parecerá poco y continúa doliendo constatar el estado de Las Cuevas, del mausoleo funerario de la Vía Sacra, de la muralla Engel/Paris, de La Pileta, del recientemente localizado puente romano del Salado. En fin, ese inabarcable conjunto de nuestro patrimonio.

Mi gestión investigadora aquí, lo único que ha hecho ha sido llamar la atención sobre bastantes bienes arqueológicos de Osuna, tratando de arrojar algo de luz sobre su interpretación y recuperando parte de esa memoria patrimonial que, en muchos aspectos, se consideraba ya irremediablemente perdida.

Humildemente, si hubiese que valorar en algo mi recorrido, diría que solo he ayudado a situar de nuevo en el catálogo histórico-artístico disponible algo del patrimonio perdido y olvidado. Lo que no es poco, ni tanto, aunque siempre dejaría de tener sentido si lo que se ha destacado volviera de nuevo a ocultarse por desmemoria, o se perdiera definitivamente por inacción. Y ahora me refiero a todos, porque de todos es el patrimonio y ello  responsabiliza a toda la sociedad para su cuidado y para que no repitamos viejas costumbres. En ello, nuestros representantes públicos tienen una labor ejemplar que realizar, y seguir realizando.

Las perspectivas, pese a todo, son halagüeñas. Osuna ya no es aquella reina del furtiveo del siglo pasado, la Asociación de Amigos de los Museos también mira con otros ojos a la arqueología y le asegura siempre un espacio significativo en sus Cuadernos. El Ayuntamiento mantiene y potencia un departamento de Arqueología Municipal, necesario en el marco legal vigente, pero ineludible en ciudades que, como la nuestra, cuentan con un pasado histórico tan enorme.

Creo que mi labor en este campo ha estado encaminado en esa dirección, en lucha contra la desmemoria y reivindicadora de la salvaguarda de nuestro pasado. En este único sentido, vuelvo a agradecer que nuestro insigne Ayuntamiento se acuerde de mi trayectoria y quisiera aprovechar estas palabras para seguir ofreciendo mi más sincera colaboración, si en algo puede aún ayudar mi concurso a la tarea común de recuperar el patrimonio de todos.

Objetivo en el que me consta que la corporación municipal debe estar ya profundamente comprometida. Muchas gracias. 


BIBLIOGRAFÍA

CHAVES TRISTÁN, F. (Ed.) (2002), Urso. A la búsqueda de su pasado. Ayuntamiento de Osuna, Escuela Unibersitaria Francisco Maldonado, Diputación Provincial y Universidad de Sevilla. Osuna.

ENGEL, A. et PARIS, P. (1999), Una fortaleza ibérica en Osuna. Excavaciones de 1903 = Une forteresse ibéricque à Osuna. Estudio preliminar, edición facsímil y traducción al español por J.A. Pachón, M. Pastor y P. Rouillard, Universidad de Granada, Ayuntamiento de Osuna y Caja General de Ahorros de Granada, Granada.

GONZÁLEZ, J. (1989), Estudios sobrre Urso. Colonia Iulia Genetiva. Alfar. Fundación Antonio María García Blanco (Excmo. Ayuntamiento de Osuna). Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Sevilla.

PACHÓN ROMERO, J.A. (2002), "Modelos de asentamiento en la Osuna prerromana". Urso. A la búsqueda de su pasado. Osuna, pp. 53-98.

PACHÓN ROMERO, J.A. y RUIZ CECILIA, J.I. (2006), Las Cuevas de Osuna. Historia histórico-arqueológica de una necrópolis rupestre de la Antigüedad. Patronato de Arte. Osuna.

RUIZ CECILIA, J.I. y MORET, P. (Eds.) (2009), Osuna retratada. Memoria fotográfica de la Misión Arqueológica Francesa de 1903. Patronato de Arte. Biblioteca de los Amigos de los Museos, Osuna.

martes, 7 de febrero de 2017

PRÓXIMA PRESENTACIÓN EN SEVILLA DE CUADERNOS DE LOS AMIGOS DE LOS MUSEOS DE OSUNA

Por primera vez, la revista de la Asociación de Amigos de los Museos de Osuna (Cuadernos de los Amigos de los Museos) se presenta con sus mejores galas en Sevilla, precisamente en casa de uno de sus patrocinadores editoriales: la Diputación Provincial. Se trata de una especial ocasión para conocer de primera mano esta notable publicación que, cada año, renueva sus valores más celebrados: calidad de continente y contenido, variedad temática, esmerada composición, llamativa policromía y colaboraciones cada vez más contrastadas y en alza.

Para esta ocasión, los responsables de la publicación han preparado un acto en el que el protagonismo de la presentación se reserva a José Luis Romero Torres. Por nuestra parte, quisiéramos recordar, como ya hicimos en la publicación anterior de este mismo blog (http://japr5.blogspot.com.es/2017/01/novedades-sobre-historiografia.html), que uno de los autores del número de este año (vol. XVIII), Antonio Fajardo de la Fuente, ha dedicado su aportación a explicar el descubrimiento realizado sobre unos planos decimonónicos inéditos que auspiciara el Asistente Arjona y que se conservaban en la Real Academia de la Hstoria. Entre ellos destaca uno que representa la planimetría topográfica de Osuna en el primer cuarto del siglo XIX. Todo un hallazgo para la reconstrucción de la evolución urbana de la villa ducal, así como para su historia reciente, cuya reproducción facsimilar se entregará a quienes asistan al acto.

Sevilla 15 de febrero. 19:00 horas. Casa de la Provincia
Plaza del Triunfo, 1.


domingo, 8 de enero de 2017

NOVEDADES SOBRE HISTORIOGRAFÍA ARQUEOLÓGICA Y PATRIMONIO DE OSUNA


1. Primera página del artículo de A. Fajardo (2016).

     La reciente publicación del último número de Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna (nº 18, diciembre de 2016) ha sacado a la luz un viejo plano de la ciudad de Osuna (fig. 2), gracias al trabajo de Antonio Fajardo de la Fuente (FAJARDO, 2016: fig. 4), que se conserva en la Real Academia de la Historia y que completa el conocimiento del callejero histórico de la villa sevillana. Un callejero del que ya había dado cuenta nuestro autor en una entrega previa, con el sustento de otras fuentes cartográficas (FAJARDO, 2005). El plano en el que ahora nos apoyaremos, encargado por el Asistente Arjona, es de cronología anterior (1826), pese a lo que aporta datos de interés para asuntos patrimoniales y específicamente arqueológicos de Osuna, que -en este último caso- permiten puntualizar noticias de hallazgos conocidos por la historiografía, pero que, desgraciadamente, estaban faltos de una más adecuada contrastación y de una más afinada localización en el municipio y caserío correspondiente. En realidad, aquellos primeros planos eran parcelarios, por lo que la definición del callejero no alcanza el detallismo de esta segunda muestra.

2. Planimetría urbana de Osuna conservada en la Real Academia de la Historia (Signatura: C-Cuadros 9. Números de Registro: 01114).

En concreto, particularizaremos nuestro análisis en dos cuestiones referidas respectivamente a la localización de una calle, cuyo nombre ya no existe en el nomenclátor de Osuna, pero que puede acercarnos a la ubicación de los restos de las infraestructuras hidráulicas de la antigua ciudad romana. Mientras que la segunda hace referencia a las infraestructuras monumentales que acompañaron a la Iglesia Colegial de la villa y que hoy han desaparecido. Esta última cuestión ha sido descubierta por el propio Antonio Fajardo, pero la volvemos a valorar aquí porque quizás podamos añadir alguna cuestión de interés al respecto, o aportar puntos de vista con los que generar futuros debates patrimoniales sobre la conservación del entorno de la Colegiata o su mejor puesta en valor.
1. La calle Arrecife y su localización: El interés arqueológico de esta calle de Osuna arranca de las noticias locales sobre recuperaciones patrimoniales en el entorno urbano de la villa, que recogen distintos autores, partiendo de las crónicas locales y de las propias actas municipales, donde se señalan acontecimientos de cierta notoriedad en la ciudad. Aunque los datos al respecto pueden reconocerse por varias fuentes diferentes, podemos traer a colación las últimas indicaciones conocidas, que se contienen en la tesis de doctorado de José Ildefonso Ruiz Cecilia (2016), quien reúne todas las noticias anteriores, indicando literalmente las siguientes dos referencias:

a) Pierre Sillières, en el estudio de los topónimos antiguos vinculados a las vías de comunicación refiere a la calle Arrecife, recogiendo una referencia de Engel y Paris (SILLIÈRES 1990: 218), quienes a su vez citan a Antonio García de Córdoba. Se trata de un nombre que no ha perdurado, pero que debe corresponder con el final de la actual calle San Cristóbal, es decir, el acceso (o uno de ellos) por la parte occidental de la ciudad. (Ruiz Cecilia, 2016: 290).
b) Otros hallazgos concretos de los que da cuenta son los que a continuación vamos a referir, todos ellos producidos dentro de la ciudad moderna. En primer lugar indica que en 1525 se descubrió en la zona conocida como El Ejido ‘un acueducto de fuerte argamasa, tan alto que entraba por el un hombre y tenia á trechos muchos descansos y minas’, el cual, desde su descubrimiento, estuvo produciendo agua en cantidad durante seis meses y al agotarse ésta fue cegado (GARCÍA DE CÓRDOBA 1746: 100). Nuevos descubrimientos de estructuras que conducían agua fueron realizados en 1736 y 1743 en la calle San Cristóbal y en la calle Arrecife, respectivamente. El primero de ellos era una cañería de atanores que estuvo manando agua durante muchos días (GARCÍA DE CÓRDOBA 1746: 101). Por su parte, en la calle Arrecife –vía que ha cambiado de denominación pero que debe corresponder al final de la calle San Cristóbal– apareció una profunda boca cuadrada de una gruta con arcos que parecían dirigirse hacia el centro del pueblo; al no encontrarse a nadie dispuesto a explorar la galería se decidió volver a clausurarla (GARCÍA DE CÓRDOBA 1746: 100-101). Según Jesús Salas, estos hallazgos podrían corresponder a la red de cloacas de la ciudad romana (SALAS ÁLVAREZ 2002: 42). Lo más probable es que García de Córdoba se esté refiriendo a las minas o galerías de agua subterráneas que recorren el subsuelo de Osuna, de las que se ha hablado anteriormente. (RUIZ CECILIA, 2016: 648-649).

No vamos a comentar nada sobre los hallazgos que debieron producirse en el siglo XVI en esa calle Arrecife, pero es indudable que su localización debía encontrarse en las cercanías de la todavía existente calle San Cristóbal; de ahí, la normal asociación de ambos topónimos, como explicita el propio dr. Ruiz Cecilia, que no hace sino recoger el lugar común en que se había acabado por convertir esa noticia en la historiografía ursaonense. En este sentido, el conocimiento del mapa urbano de la Osuna de principios del XIX sí permite la ubicación exacta de la primera de esas vías públicas, evidentemente muy cercana a la de San Cristóbal, pero claramente disociada de la misma, como podemos apreciar en un detalle de la parte izquierda del plano, como recogemos en nuestra tercera imagen.

3. Detalle del plano de Osuna (1826) con indicación de las calles Arrecife (nº 28) y San Cristóbal (nº 73).

     Lo interesante del hallazgo es que de la comparación del plano de Arjona con las cartografías actuales se deriva que pueda situarse con bastantes garantías el trazado de la antigua calle Arrecife, salvando los inconvenientes de la planimetría del XIX, que no orienta el dibujo como suele hacerse hoy con el norte hacia arriba. La antigua imagen, orienta el área que analizamos hacia la izquierda, donde actualmente es habitual situar el este, cuando la disposición del espacio analizado se alinea hacia el norte, igual que hace la calle Écija que es, finalmente en donde confluye la citada del Arrecife, aunque su orientación general es más noroeste-sureste. Tomando como referencia una vista aérea de la zona, tomada de Google (imagen 4), es fácil situar el trazado original de la calle, aunque hoy está algo desdibujado por construcciones posteriores, como veremos.

4. Vista aérea de la parte norte de Osuna con las calles San Cristóbal (trazo verde), Écija (azul), Los Lirios (amarillo), antigua prolongación de Arrecife (malva) e hipotética rectificación del trazado de Arrecife (rojo). A partir de un original de Google earth.

     El recorrido general de la antigua calle Arrecife arrrancaría -en su posición más septentrional- de la calle Écija, que la cortaría perpendicularmente en dos tramos de casi idéntica longitud, pero cuyo sector oriental acaba resultando mucho más largo, al prolongarse por ese lado tras un quiebro de su trayectoria de más de noventa grados que le da una desviación hacia el sureste, en dirección a su posible confluencia con la calle San Cristóbal. Una conexión que, sin embargo, no llega a producirse, ya que su recorrido queda finalmente truncado por la calle Alcalá que es la que finalmente permite una salida hacia el sur hasta San Cristóbal. Estos últimos elementos siguen vigentes en el actual viario de Osuna, incluyendo idénticos nombres para sus denominaciones, que parecen haberse mantenido sin variaciones desde hace dos siglos.
La vista aérea que presentamos, tras ser cotejada con el plano decimonónico, nos ha permitido disociar aquella  calle Arrecife de la de San Cristóbal definitivamente; pero, al mismo tiempo, también ha facilitado su más precisa identificación con la actual calle de Los Lirios, que discurre aproximadamente por el mismo sitio que su predecesora Arrecife. No obstante, el irregular trazado que actualmente muestra esta vía, comparada con el dibujo ahora conocido, posibilita plantear la hipotética corrección de su trayectoria original (imagen 4: trazado rojo), alineándola por los estrechos solares que encontramos a espaldas de la finca y que colindan con el fondo de la propiedad que ahora ocupa el colegio de la SAFA y sus espacios deportivos.
     Toda esta zona se presenta hoy muy urbanizada en toda la acera septentrional de la calle, mientras que en el siglo XIX lindaba en ese mismo lado con terrenos despejados y uso casi plenamente agrícola. No estamos seguros, pero creemos que en ninguna ocasión se tomó allí cautela arqueológica alguna, cuando se construyeron las nuevas edificaciones que produjeron la ampliación del caserío y que ha dado lugar a la barriada que ahora vemos extenderse por ese lado de la calle, en los aledaños del espacio por donde debió discurrir con toda seguridad la canalización hidráulica que recoge la historiografía conocida. Pero la nueva situación patrimonial, ofrece una diferente realidad que es posible que exija también la necesaria recalificación de los espacios contenidos en el conjunto del BIC de Osuna (JOFFRE y RUIZ CECILIA, 2001) que, para estos alrededores, queda al margen tanto de aquel espacio protegido como del propio entorno de ese BIC (MAÑAS y MAÑAS, 2005); pero, también, incluso fuera del más general Conjunto Histórico que, curiosamente, en esta parte de la calle de Los Lirios, hace una extraña inflexión que excluye la práctica totalidad de esa localización de su especial protección patrimonial (imagen 5: reducto amarillo).

5. Espacios patrimoniales protegidos de Osuna. La zona amarilla recoge el área excluida de los mismos, a mediodía de la antigua calle Arrecife (hoy, de Los Lirios). [A partir de J.I. Ruiz Cecilia (2016: fig. 4.9)].

     Así, lo que esta constatación plantea, debiera obligar a las autoridades municipales y culturales a exigir todas las prevenciones arqueológicas debidas y exigidas por la actual legislación, en toda nueva transformación del entorno de la antigua calle Arrecife, siempre que vayan a desarrollarse actuaciones urbanas, o de infraestructuras viarias, que pudieran afectar a un subsuelo en el que no nos sorprenderían descubrimientos patrimoniales de enorme interés para la comprensión de la antigua ciudad. Si, para ello, es obligado rectificar el actual BIC y sus anejos preventivos, todavía estamos en situación de que tan necesaria corrección llegue a tiempo de evitar afecciones antipatrimoniales de la que tengamos que arrepentirnos una vez más en Osuna.

6. Zona monumental de Osuna, según el plano de 1826: A, Colegiata; q, Universidad; k, Cementerio.

2. Infraestructuras monumentales del entorno de la Colegiata: El estudio de los planos encargados por el Asistente Arjona ofrece otro hallazgo de interés que afecta a los accesos externos de la Colegiata (RODRÍGUEZ-BUZÓN, 1982)y de los que no se tenían hasta ahora demasiadas noticias (imagen 6). En este sentido, es de sobras conocido que los únicos accesos hasta la Iglesia Mayor de Osuna (Nuestra Señora de la Asunción) eran dos. Primero, el septentrional, que es al que embocan la fachada exterior del Sepulcro Ducal y la escalinata moderna que en esa misma fachada se alinea con la puerta lateral monumental, también llamada Portada de la Cuesta o del Evangelio, recientemente restaurada (SÁNCHEZ y RANGEL, 2008), enfrente también del Monasterio de la Encarnación. El segundo,  el meridional, cuyo camino habitual de acceso se venía produciendo por la escalinata que enlaza la plataforma intermedia entre Universidad y Colegiata, desde la que se facilitaba la arribada hasta la segunda puerta lateral de este lado, la Puerta Sur o de la Epístola. Aunque esta escalera debe ser relativamente moderna, puesto que el plano de Arjona no la recoge y, además, tenemos fotos antiguas, de inicios del siglo XX en la que tampoco existe, salvo una verja algo más adelantada hacia el oeste que el sitio donde hoy se encuentra esa escalera (imagen 7). Probablemente, esa verja fuese una de las entradas al cementerio, que entonces separaba la Universidad de la Colegiata.

7. Lateral meridional de la Colegiata con la verja que la separaba del cementerio de Osuna, Al fondo la anttigua Universidad. Principios del siglo XX. A partir de una fotografía de la Fototeca del Laboratorio de Arte de la Universidad de Sevilla.

     Frente a aquellos accesos, quedaría un tanto aislada la portada principal del edificio, o Puerta del Sol, para la que no parecería haber existido ningún acceso directo, salvo los que le proporcionaban indirectamente, y venían haciéndolo, alguno de los dos ya citados; abocada dicha entrada, además, a una falta de perspectiva visual que derivaba del estrecho balconcillo que compone la plataforma perimetral del edificio en este sector occidental, minúsculamente reducida y especialmente ridícula en la parte central de la fachada occidental. Algo aún más inconsistente, si se considera que esa plataforma, hacia mediodía, alcanza una anchura considerable, hasta resultar incomprensible para una puerta secundaria, cuya simpleza de trazo (la más sencilla de las tres) tampoco permite especular que tuviera ninguna mayor importancia, respecto de posibles celebraciones litúrgicas que pudieran haber requerido en ese sitio de un espacio delantero ritualizado de cierta relevancia. Pero, no siempre debió ser así, como vuelve a demostrar el plano de Arjona, en el que encontramos sendas escaleras en los frentes sur y oeste de la plataforma elevada sobre la que se asienta la Colegiata (imagen 8).

8. Detalle del plano de Arjona, reorientado al norte, con la indicación de la planta de la zona de la Colegiata con las dos escaleras a occidente (círculo de la izquierda) y mediodía (círculo inferior) de la construcción.

No se trataría de dos escaleras coyunturales que pudieran haberse hecho en el siglo XIX, ya que también se ha detectado la representación de una de ellas, en un cuadro al óleo conservado en la ermita de San Arcadio de Osuna (PÉREZ, 2007), cuya cronología estimada habría que situar razonablemente en tiempos dieciochescos, por lo que tampoco debiera extrañarnos que la presencia de esas escalinatas pudieron ya estar vigentes en tiempos barracos y quizás desde la propia construcción del edificio en un momento, si no plenamente renacentista, posiblemente tardoclasicista (imagen 9). En este sentido, la cronología de la pintura referida se ha relacionado con la inclusión en ella de un arco cercano a la representación de la ermita del santo, pero ello no justifica suficientemente que deba tratarse necesariamente del arco de Carlos IV en el camino de esa ermita. Su imagen pictórica lo único que mostraría es una de las puertas de la ciudad y no necesariamente esa, incluso aunque fuese la misma: es decir, probablemente esa entrada de la Pastora con la intervención carolina también puede aludir al remozamiento o sustitución de una de las viejas puertas de la villa. Sería prudente por tanto retrasar la fecha del cuadro un siglo atrás, en el XVII, cuando sabemos que el propio templo del santo se erigió, por lo que sus enseres podrían ser contemporáneos y los detalles arquitectónicos de su pintura recogerían detalles de construcciones que ya existían en ese siglo.

9. Detalle de la parte superior del cuadro del martirologio conservado en la ermita de San Arcadio de Osuna, con la representación de la Colegiata (arriba derecha) y las escaleras de forma trapezoidal a sus pies.

Así, las escalinatas de la Colegiata tampoco tendrían que ser necesariamente contemporáneas de la pintura, sino reflejar otra realidad: que hubiesen sido un todo constructivo con el resto de la edificación renacentista. Si la representación del cuadro de San Arcadio es lo suficientemente exacta, el mapa de Arjona estaría mostrando esos accesos escalonados de forma demasiado esquemática, dando sensación de que no fueron estructuras lo suficientemente monumentales, cuando debieron ser más  acordes con el verdadero volumen de la construcción eclesiástica, como aparecen en la pintura. Ello explicaría que las escaleras frontales sirvieran originariamente como complemento expansivo del espacio que se desarrollaba ante la Puerta del Sol, ganando con esa estructura un espacio del que no disponía con el único concurso de la pequeña plataforma elevada que hoy vemos frente a ella en la Colegiata. Bajo ese punto de vista, creemos que -desde un principio- debió articularse la concepción de la fachada principal oeste con la estructura monumental escalonada central, rompiendo con el geométrico volumen que hoy  representa el cubo liso sobre el que se acabó levantando el edificio y que se hace visible por el sur y oeste del conjunto. La desaparición de ambas escaleras contribuyeron a eso, además de forzar el recorte excesivo del pasillo que flanquea el frente occidental, quitando relevancia a la que debía ser la imagen arquitectónica más emblemática de la institución eclesial (imagen 10). Por lo demás, tampoco sabemos el porqué de su desmantelamiento, aunque es probable que a ello contribuyeran el abandono del reducto urbano de la Rehoya, que era el más directo relacionado con la zona monumental, junto con los problemas de financiación para su mantenimiento, problemas de los que siempre hizo gala la administración ducal del conjunto Colegiata-Universidad.

10. La Colegiata de Osuna en los años cincuenta del siglo XX, sin las escaleras frontal y lateral de su plataforma. El ángulo que se alinea, en la imagen, con la Puerta de la Epístola sirvió de apoyo a una de ellas. Imagen de

    En la actualidad queda poco de aquellas dos escaleras (imagen 11), salvo el ángulo recto en la base 

11. Vista aérea del conjunto monumental de Osuna con las escaleras oeste y sur desaparecidas de la Colegiata, en una imagen bastante reciente. Imagen de la web de otroscaminos.es

meridional (imagen 12), que todavía guarda el rincón donde se acomodaron las escaleras en ángulo de este sector y cuyo extraño trazado explicaría la interposición en su época de esa estructura ascendente.

12. Detalle del sector sur de la Colegiata, con el particular del ángulo de la plataforma donde estuvo la escalinata meridional. Fiti iriginal de F. M. Merino Laguna (http://www.redjaen.es/francis/?m=c&o=43827&letra=&ord=&id=60850)

     Incluso en la base de la plataforma de la Colegiata en este mismo ángulo, aún quedan restos de un amontonamiento irregular de piedras que debieron formar el sustento de las escaleras de esta parte (imagen 13), demostrando la realidad de lo que estamos señalando. A pesar de que se han realizado obras recientes que podrían haber alterado estos restos, parece más probable que se haya mantenido por debajo de las nuevas intervenciones. Del frente principal no disponemos de muchas más referencias, pero también las vistas aéreas actuales parecen mostrar todavía ciertos alineamientos de piedras que en el Higueral dibujan el volumen que debieron tener las escaleras dobles que existieron aquí.

13. El mismo ángulo anterior de la plataforma de la Colegiata, donde se aprecia (primer término) la acumulación de piedras que formaron parte del relleno de las escaleras meridionales. A partir de un original de A. Ramírez (2015: fig. 6).

     Finalmente, cabe destacar que en la parte frontal de la Colegiata, en el propio espacio vegetal del Higueral, todavía son visibles los restos de los fundamentos de aquella otra escalera monumental que en tiempos hubo en esta parte oeste del monumento (imagen 14), lo que hace posible su estudio arqueológico para dilucidar a qué época pudo corresponder su construcción y si, definitivamente, formó parte del programa edilicio inicial de la gran fundación del IV Conde de Ureña.

14. Detalle de la parte frontal de la Colegiata, donde se aprecian restos lineales de muros que sugieren la dirección de los rellenos que sirvieron de apoyo a los tramos de la escalera monumental que llevaba a la Puerta del Sol del monumento, A partir de una vista aérea original de Google earth.

     Los novedosos indicios, que parecen desprenderse en torno a las escalinatas que acompañaron a la Colegiata de Osuna, abren nuevas perspectivas para la indagación arqueológica y patrimonial sobre esta parte de la villa sevillana. Además, su contrastación científica, que nos parece obligada, permitiría completar la recuperación del aspecto que este entorno monumental tuvo en tiempos pasados. Es una posibilidad que debieran tener en cuenta las autoridades municipales y culturales competentes, pues el estudio y restauración de estos elementos estructurales podrían revalorizar el interés que la ciudad tiene, aunque multiplicando aún más su proyección artística y patrimonial, en beneficio de todos y en aras de seguir diversificando la oferta turística de calidad del municipio.


BIBLIOGRAFÍA

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GARCÍA DE CÓRDOBA, A. (1746): Historia, antigüedad y excelencias de la villa de Osuna, manuscrito que se conserva en el Monasterio de la Encarnación de Osuna = (2006): La ciudad recreada. Osuna en la obra de Antonio García de Córdoba, estudio preliminar de Atienza Hernández, I. y Ledesma Gámez, F., Amigos de los Museos de Osuna, Osuna. Otro manuscrito original de esta obra, e idéntica fecha, cabe consultarse en el repositorio de fondos digitalizados de la Biblioteca Nacional, bajo el título de Compendio de las Antigüedades y excelencias de la Ilustrísima villa de Ossuna (http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000054185&page=1).
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SILLIÈRES, P. (1990): Les voies de communication de l'Hispanie méridionale, Publications du Centre Pierre Paris, París.

jueves, 29 de diciembre de 2016

EN TORNO A UNAS PINZAS CALADAS IBÉRICAS DE OSUNA (SEVILLA)

En el último número de Cuadernos de los Amigos de los Museos de Osuna, 18 (diciembre 2016), pp. 61-68, hemos publicado una referencia sobre un antiguo hallazgo de unas pinzas caladas de bronce de origen ibero-turdetano que, por las evidencias que acompañaron su localización, permiten atribuir al yacimiento de la antigua Osuna la situación de una de las necrópolis prerromanas. Un dato muy interesante, al permitir completar el paisaje funerario de la importante ciudad turdetana.

Página primera de la publicación

Para una mejor lectura del mismo, publicamos ahora, literal y completamente, el contenido de la aportación (https://www.researchgate.net/publication/311909880_PINZAS_METALICAS_CALADAS_DE_LA_NECROPOLIS_IBERO-TURDETANA_DE_LAS_ALCAIDIAS_OSUNA):

PINZAS METÁLICAS CALADAS DE LA NECRÓPOLIS IBERO-TURDETANA DE LAS ALCAIDÍAS, OSUNA.

JUAN A. PACHÓN ROMERO 
Arqueólogo

1. Zona arqueológica a oriente de Osuna, con la situación de algunas de las localizaciones clásicas de la arqueología del yacimiento. (A partir de la imagen del vuelo americano de 1956).

    No hace demasiado tiempo, con motivo de una aportación en estas mismas páginas sobre el hallazgo de elementos de un carro orientalizante o derivado (Pachón, 2011), aludíamos a los restos de una de las necrópolis donde se enterraron los difuntos de la pretérita Osuna, en tiempos ibero-turdetanos, al noreste de la muralla Engel/Paris. Así completábamos la información sobre los espacios funerarios de ese momento que ya habíamos considerado en una anterior entrega en idéntico espacio editorial, en la que analizábamos la posibilidad de una dualidad habitacional en la pretérita Osuna, precisamente entre los lugares del cerro de La Quinta y Los Paredones (Pachón, 2009). La idea, giraba en la posibilidad de que el espacio intermedio entre aquellos dos altozanos podría haberse ocupado por un área necropolar que podría extenderse entre los límites más al este de la ladera oriental del cerro de Los Paredones y la sur occidental del de La Quinta. Los vestigios arqueológicos podrían  evidenciar cómo esa necrópolis se ubicaría en las cotas más bajas de esta  última elevación toponímica y que pudiera alcanzar –al menos– hasta la zona meridional del entorno del muy conocido Baño de La Reina, que se localizaría en una cota más elevada respecto del terreno más bajo que se extiende hacia el sur. Exactamente ahí, en el cambio de vertiente que encontramos hoy a la derecha del barriada de la Farfana Alta y esa pequeña plataforma del baño/impluvium citado, se produjo el hallazgo con el que iniciamos el título de este trabajo (Fig. 1 y 2: 1). Todo ese espacio se ha venido llamando con alguna imprecisión ‘Alcaidías’, pero  indefinición  aplicable a la verdadera extensión de la necrópolis que indicamos. Bien es verdad que, en esa catalogación necropolar, contamos con  hallazgos muy escasos, básicamente superficiales, mientras la documentación disponible sobre los mismos resulta también bastante limitada. Así, tampoco es seguro que la totalidad de la superficie necropolar fuese de un extremo al otro de los dos puntos señalados, pues faltarían hallazgos contrastados en los espacios intermedios, aunque ello sería lo más lógico y deberían comprobarse en un futuro si se acometiese una intervención arqueológica al efecto. De hecho, sí sabemos que la franja inferior (occidental) de la plantación que vemos a la izquierda de la imagen (Figura 1), compuesta por unas hileras de olivar con orientación de noreste a suroeste, señalaría el límite con un espacio de tierra calma más oriental, donde en la década de los sesenta del siglo pasado ya se habían levantado algunas plantaciones de olivos y se estaban introduciendo sistemas de labor agrícola profundas, que sacaban a la luz esporádicos restos cerámicos, conformados por fragmentos de vasijas y fondos hundidos típicamente ibéricos o ibero-turdetanos, pero de filiación claramente funeraria.

2. Zona arqueológica del yacimiento, según una imagen de Google earth del año 2004, en la que se indica el lugar del hallazgo de las pinzas estudiadas.

La unión de este espacio con el del hallazgo de las pinzas de bronce (Figura 2) que nos ocupa (Pachón, 2002: fig. 13), en una zona donde nunca han sido demasiado abundantes otras recuperaciones arqueológicas superficiales, que sí lo son en otros ámbitos claramente habitacionales del resto del yacimiento, supone también un indicio añadido de que toda esa zona pudo tener un uso necropolar antiguo, enlazando el área propiamente de Las Alcaidías con las laderas perimetrales de La Quinta, donde se recogieron los fragmentos de las urnas funerarias que antes indicábamos. Tampoco es importante que en esta amplia zona pudieran existir igualmente elementos estructurales y materiales posteriores de época romana, ya que estamos hablando de un ámbito mortuorio prerromano que pudo usarse más tarde como lugar de extensión del área urbana de la colonia, superpuesta a la precedente funeraria. En este sentido, es indudable que el  arrasamiento de las posibles construcciones o derrubios romanos haya acabado mostrando los restos de algunos de los rellenos inferiores, por ende, más antiguos que los que se les acabaron superponiendo.

3. Pinzas ibéricas caladas de las necrópolis de La Serreta de Alcoy, Alicante (1); La Osera en Chamartín, Ávila (2); Las Alcaidías de Osuna, Sevilla (3) y Los Torviscales de Fuente Tójar, Córdoba (4). 
© Museo de Alcoy (https://www.alcoi.org/es/areas/cultura/museo/colecciones/coleccion_0005.html#prettyPhoto[cultura_iberica]/18/); MAN (Inv. 1968/81/I/T.D/I/3); J.A. Pachón Romero y D. Vaquerizo Gil, respectivamente.


ANÁLISIS COMPARATIVO

Las pinzas que traemos a colación (Fig. 3: 3) son un instrumento metálico compuesto por una fina lámina de hierro, o cobre/bronce, doblada por su mitad, reservando un espacio hueco en la doblez y flexionando el borde abierto exterior de ese hueco para conseguir un fleje con la suficiente tensión mecánica con la que el resto de la lámina doble restante (brazos o palas) pueda mantener sus bordes abiertos y permitir una presión suficiente para unirlas y sujetar lo que se quiera manipular entre ellas, como todavía hoy se hace con las pinzas modernas de depilar o de funcionalidad diferente.
Aunque desde la antigüedad hubo pinzas similares a las actuales de uso higiénico, las que estudiamos son de mayor dimensión y, en este caso concreto, se muestran con la suficiente anchura en sus brazos como para permitir la presencia de determinadas decoraciones caladas en el metal. Este último detalle las diferencia no solo de las pinzas lisas que son las más abundantes, sino de muchas otras que decoraron la superficie de los brazos con otros elementos sin calar, como lo fueron básicamente el grabado y el repujado. Otras  soluciones estéticas con técnicas más complejas, como la incrustación y la mezcla de materiales diversos, han sido más opacas para la investigación arqueológica, ya sea por la escasa incidencia de su uso en estos utensilios, o porque reservaron su empleo para la orfebrería en objetos menos utilitarios y de mayor ornato personal (De la Bandera, 1989) y en otros elementos del resto de la metalistería (Jiménez, 2002) que también eran bastante más suntuarios. La pinza calada de Osuna, como algunas otras similares, conjugaron ese calado con líneas punteadas alrededor de los mismos.
Muchas de las pinzas se han conservado incompletas, pero las que mantienen todos sus elementos presentan embutida en el cilindro superior una argolla irregular (Fig. 3: 1, 2 y 4). Formada por un cordón de sección cilíndrica del mismo metal, constituye un elemento de sujeción para colgarlas, mientras que su perfil es piriforme en la mayor parte de los casos constatados. Es probable que fuese un aditamento genérico en cada espécimen, por lo que su ausencia en ciertos ejemplares podríamos achacarlo a las propias vicisitudes vitales del mismo, como pudo ocurrir con el ejemplar de Osuna, aunque tampoco sea el único conocido.
Otra cuestión es la contextualización de las pinzas metálicas analizadas, elemento fundamental a la hora de su valoración cronológica y cultural, ya que en el caso de Osuna, cuya recuperación fue totalmente aislada, es imprescindible su cotejo con otros hallazgos mejor conocidos, de los que deducir su más adecuada conceptualización.
En la Península Ibérica, las pinzas son conocidas desde fines del Bronce, como hemos podido constatar directamente en nuestras excavaciones en el Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada); y como también se comprobó  en el cercano yacimiento de Cerro de los Infantes, en Pinos Puente, Granada (Mendoza et al., 1981: 178, fig. 12d). Aunque para ese momento, los ejemplares son de muy pequeño tamaño, siempre de cobre/bronce  y caracterizadas a veces por la presencia de un pasador metálico, que mantenía las aletas cerradas cuando estaban sin uso. En ese contexto, tampoco ha sido inhabitual verlas representadas en estelas decoradas de ese mismo momento (Díaz-Guardamino, 2012), formando parte de lo que se ha interpretado casi siempre como el ajuar-tipo de los guerreros de la época. Este dato es importante, habida cuenta de que, cuando se alcance la época ibérica, las pinzas también acabaron formando parte de ajuares funerarios específicamente guerreros, con independencia de su incidencia en distintas áreas sociales y económicas.
Relacionado, directa o indirectamente, con esta época de finales de la prehistoria,también estuvieron presentes tales artilugios en época tartésica (Torres, 2008: 540-41), tal vez coincidiendo con las representadas en las estelas decoradas, como puede verse en alguno de los recientes hallazgos funerarios de La Angorrilla en Alcalá del Río, Sevilla (Ferrer y de la Bandera, 2014: 477-480), donde su presencia se reparte entre los ejemplares broncíneos y los de hierro, al amparo ya de las influencias tecnológicas derivadas del contacto con el mundo fenicio. Aunque estas pinzas, al menos por lo que conocemos, eran de pequeño tamaño y perduraron tiempo después hasta momentos púnicos, ibéricos y posteriores.
De un momento intermedio, por poner un ejemplo más, estarían también algunas pinzas que se recuperaron en una necrópolis de filiación fénico-púnica, datable al menos en el siglo VI a.C. y que se localizó en el sitio del Cortijo de las Sombras, en el municipio malagueño de Frigiliana (Arribas y Wilkins, 1969: 221, 234; figs. 5: 3.3 y 8: 4), también en bronce, aunque la importancia de tales objetos debía estar aumentando, si consideramos que las dimensiones ya sobrepasan los 6 cm. Probablemente en este momento ya debieron hacerse corriente las producciones en otros metales como el hierro, cuyo uso se había venido extendiendo desde el inicio de la presencia fenicia en el sur peninsular y hemos comprobado en espacios necropolares de estos momentos, o de su periferia cultural previa, como en los ajuares funerarios tartésicos de la necrópolis ya citada de La Angorrilla.
Pero, pasando a tiempos ibéricos, es cuando la producción de pinzas alcanza su estadio más llamativo, al alcanzarse dimensiones de cierta prestancia, así como decoraciones que superaban el uniforme horizonte estético de los ejemplares lisos. Para ello, debe entenderse que el tamaño no podía ser algo baladí, sino algo buscado para disponer del suficiente espacio ornamental. Esto no supuso un abandono de los modelos más sencillos, pero sí una variabilidad dimensional y decorativa que hace de este momento el más interesante desde el punto de vista del diseño decorativo, como puede apreciarse en las pinzas reunidas para nuestra tercera imagen.
En tiempos ibéricos, la relación de ciertas pinzas con contextos arqueológicos cerrados ha permitido, no solo detallar más significativamente la cronología de algunos de sus representantes, sino articular una explicación de las mismas dentro de la sociedad ibérica, donde debieron alcanzar una importante significación para algunos grupos sociales de este periodo prerromano. Así, ha sido habitual contextualizar bastantes pinzas en ajuares funerarios, en los que la presencia de armas aluden a conjuntos estrictamente guerreros, para los que esas pinzas debieron significar algo. Indudablemente  no podemos considerarlas un elemento más de la panoplia de los iberos (Sandars, 1913), por lo que no han sido destacadas en ese sentido por ninguna de las referencias más paradigmáticas disponibles (Quesada, 1997), ya que no son -evidentemente- un arma, pero sí merecería destacarse su abundante permanencia funeraria entre ellas.
Desde nuestro punto de vista, esa incidencia de las pinzas en tumbas de guerreros debe responder a alguna razón, aunque tampoco debe entenderse por ella que estos utensilios solo aparezcan en espacios fúnebres, ya que también han sido habituales en los poblados. De la misma manera, tampoco son exclusivas de los enterramientos las armas iberas, sino que su representación en los hábitats también ha venido siendo debidamente destacada (Quesada, 2010). Sí parece más evidente que los ejemplares muy decorados, como estos que aquí señalamos, con calados en sus brazos, podrían haber tenido una consideración elevada, apropiada al prestigio que los guerreros alcanzaron en la época, por lo que su presencia en tumbas con ajuares donde es constante la inclusión de armamento harían valer aquella relación.
Tomando como referencia los hallazgos de la necrópolis de El Cigarralejo (Cuadrado, 1987), que luego completaremos con la referencia de los otros casos decorados, encontramos unas pinzas caladas  parecidas a algunas de nuestra figura 3. Se encontró en la tumba nº 1 de la necrópolis murciana, acompañada de una falcata, una punta de lanza, una fíbula anular de bronce, otras pinzas lisas con argolla y una urna cerámica pintada con los habituales ornamentos geométricos ibéricos (Fig. 4). Aquí es indudable su relación con contenidos ajuáricos propios de un guerrero, en una sepultura datada en la primera mitad del siglo IV (375-350 a.C.) y cuya similitud con las pinzas decoradas de Osuna y, más aún, con la de La Osera, es evidente. Lo peculiar de la tumba con la presencia de un par de pinzas, caladas y lisas, relacionadas con un guerrero ibero, es una circunstancia para considerar, aunque en este cementerio no es única.

4. Ajuar de la tumba nº 1 de El Cigarralejo (pinzas: 5-6). A partir de un original de E. Cuadrado (1978: fig. 26).

Hay otras pinzas caladas en esta necrópolis, pero la posible relación de otro ajuar de guerrero con un ejemplar liso es puesta en solfa por los excavadores del cementerio, al indicar la imposibilidad de separar claramente los contenidos de las tumbas 53 y 54 (Cuadrado, 1978: 167), en las que (concretamente la última) se asoció bajo esa circunstancia otro conjunto de armas con una fíbula lisa que, dadas las condiciones del hallazgo, no podemos considerar fiablemente en este debate.
De todos modos, los ejemplares lisos del Cigarralejo amplían su distribución social en la necrópolis. Así, encontramos hallazgos en tumbas de posibles guerreros o incluso en enterramientos claramente femeninos. Esto ha ocurrido en varias ocasiones, como se constata en la tumba 100 (Cuadrado, 1978: 233-234), que sus excavadores indicaron también de guerrero, pero igualmente con reservas y conteniendo dos pinzas de regular tamaño (Fig. 5); en cambio, en las sepulturas 133 y 281 (Cuadrado, 1978: 282-283, fig. 112; y 489, respectivamente) con sendas pinzas lisas, la primera pequeña y la segunda más grande, de hierro, se estimó que correspondían a individuos femeninos y, evidentemente, sin ninguna relación castrense. Estos últimos cuatro ejemplares de pinzas lisos, también tendrían una cronología similar a la  que  antes indicamos para la primera tumba referida, dentro de la cuarta centuria a. C.

5. Tumba 100 de El Cigarralejo con sus dos pinzas lisas (1 y 2). A partir de un original de E. Cuadrado (1978: fig. 90).

Quedaría aún otra tumba más (nº 312) con pinzas lisa, muy pequeña, que apareció asociada en este caso a un enterramiento de guerrero, en el que el ajuar incluía un escudo, del que se conservaba la manija de hierro, otra falcata, un pequeño vaso cerámico, una fíbula anular de bronce y una punta de lanza. Todo un conjunto de clarísima raigambre militar, que fue fechado en el primer cuarto del siglo IV a.C. (Cuadrado, 1978: 525, fig. 228).
Finalmente, alcanzando una época, ligeramente más reciente, probablemente de fines del siglo IV o primera mitad del III a.C., también en El Cigarralejo, existe otra tumba que de nuevo contenía una pinza calada, algo deteriorada, con una aparente decoración menos historiada que la primera, pero que también perteneció a un guerrero (Fig. 6). Se trata de la sepultura 283 (Cuadrado, 1978; 492), en la que el contenido de armas de hierro es abrumador por su falcata, asa de escudo, regatones y puntas de lanza y venablo.  Junto con la primera de las sepulturas de esta necrópolis, ambas característicamente guerreras, la presencia de las dos pinzas caladas del yacimiento, estaría apoyando la tesis de que este tipo decorado pudo conformar un ítem con valor añadido, que pudiera haber funcionado como elemento de prestigio, asociado a determinados grupos de importancia social como fueron los guerreros en el mundo ibero y, especialmente, con ciertos de ellos. Pero la ausencia en el Cigarralejo de ejemplares calados, fuera de estos enterramientos de guerreros, parece proporcionar igualmente una prueba de que la relación de los grupos armados iberos con este tipo  de pinzas no debió ser algo casual. Una asociación que podría sustentarse también con algunos de los otros ejemplos que aquí reunimos.

6. Tumba de guerrero de El Cigarralejo con pinzas caladas (nº 7). A partir de un original de E. Cuadrado (1987: fig. 213).

Esta evidencia que asimila pinzas caladas y guerreros se hace patente también fuera del ámbito ibérico, pero indudablemente como reflejo de una ósmosis cultural que lo ibero ejerció sobre otros pueblos indígenas peninsulares de la Meseta Norte. Es el caso de las pinzas de la Osera, donde se recuperó el ejemplar recogido en la figura 3, procedente de la tumba  1241, así como el fragmento de otra, de similares características de la sepultura 1297. Ambas estaban inéditas desde las excavaciones de 1932/1933 por J. Cabré (Cabré et al, 1932 y 1950), hasta que fueron publicadas a fines del siglo pasado (Cabré y Morán, 1990). Su morfología decorativa encaja con el caso de Osuna y de Cigarralejo-1, explicándose este hallazgo tan septentrional (Ávila) por las relaciones comerciales de los pueblos vettones con las regiones más meridionales ibéricas. En este caso, los ajuares de referencia abundarían igualmente por una cronología cercana a los ejemplos anteriores, que en este caso se centró en el segundo cuarto del siglo IV a.C.
Pero no queremos olvidar tampoco, cómo la Meseta ofrece otras muestras de pinzas lisas que también aparecieron con ajuares típicamente guerreros, lo que abundaría en nuestra teoría y cómo esa relación pudo extenderse entre poblaciones que no fueron estricta y culturalmente iberas. Nos referimos, entre otras, a las pinzas necropolares de la provincia de Soria: en Quintanas de Gormaz, con dos ejemplares respectivamente de hierro y bronce (Schüle, 1969: taf. 32,15 y taf: 60,7); otras dos de bronce de La Mercadera, tumba 51 (Schüle, 1969: taf. 49, 10-11). Además, de otra en bronce de Ávila,  (Las Cogotas), en la sepultura 383 (Schüle, 1969: taf. 115: 21).
Pero con aquellas últimas pinzas decoradas de La Osera se cierra el conjunto, morfológica y decorativamente uniforme, de representantes peninsulares de pinzas que conocemos con calados ornamentales similares, entre los que las fórmulas estéticas más cercanas solo coinciden en Cigarralejo, Osera y Osuna, con el aliciente de que la pieza sevillana es, de las tres, la única que conserva el diseño completo de tallos vegetales curvos y las dos medias lunas caladas en los extremos, una de las cuales falta en los hallazgos murciano y abulense. En Andalucía, es el caso de Osuna el único que conocemos de estas características estéticas, ya que el otro ejemplar reconocible, el procedente de Fuente Tójar (Fig. 3: 4), solo basa su composición geométrica en formas arriñonadas, también caladas, pero conformando un diseño cuadrangular más simple de motivos opuestos, que trasladan sus curvas al borde de los brazos. Estas pinzas proceden de una tumba (Vaquerizo, 1986a), menos espectacular que sus homólogas murcianas; pero su contenido (Fig. 7) fue suficiente como para arriesgar una cronología que también podría alcanzar los siglos IV/III a.C. (Vaquerizo, 1986b). La problemática de esta sepultura es que sus investigadores hablan de una deposición múltiple, a la que le dan una mixtura femenina/guerrera que no permite tan claramente la asociación castrense que parece desprenderse de las pinzas caladas de El Cigarralejo.

7. Ajuar fúnebre ibero con pinzas caladas de Los Torviscales de Fuente-Tójar, Córdoba (Vaquerizo, 1986a: 43).

Por otra parte, quedaría el caso aún más singular de las pinzas caladas de la zona oriental peninsular, concretamente la procedente de la necrópolis ibérica del asentamiento de la Serreta de Alcoy (Cortell et al., 1992: 111, fig. 17, 4) que recogemos también en nuestra figura 3:1. Las pinzas se recuperaron, en este caso, en la tumba 11 de ese cementerio, donde también fue fácil su relación con una sepultura de guerrero, por la presencia de falcata, lanza,  manija y umbo de escudo (Prats, 1993; Aura y Segura, 2000: 210), que no solo justificarían esa adscripción, sino que aludirían a un enterramiento de indudable prestigio de un personaje militar muy reconocido, al tiempo que explicaría esas originales pinzas, la más ricamente decorada con calados de todas las que hemos podido conocer. Un extraordinario carácter del enterrado, como acusa la profusa decoración del propio elemento central del escudo, también de bronce, que presenta una orla vegetal  bastante más compleja que la que estamos viendo en nuestras pinzas; aunque muchos de sus calados, vistos aisladamente, muestran perfiles similares y paralelizarían las técnicas artesanas de las mismas con  ese arma de defensa de la tumba de Alcoy (Figura 8). Un mismo mundo cultural, muy extendido en el solar ibérico.

8. Umbo central del escudo de la sepultura 11 de la necrópolis de la Serreta de Alcoy. Según dibujo de Cortell et al. (1992) y fotografía de Aura y Segura (2000).

Pero en las pinzas de Alcoy, se trata de un diseño decorativo geométrico exclusivamente, por lo que aquí sí se aleja del patrón más naturalista de Cigarralejo, Osera y Osuna, que siguieron una pauta estética que optó por la representación esquematizada de una cenefa calada de diseño vegetal, en la que se observan tallos curvos que podrían estar relacionados con los zarcillos que pueblan las ramas de muchas plantas trepadoras, como la vid. Una especie cultivada que, con su producto directo, el vino, alcanzó una gran trascendencia en el modo de vida de la época, tanto en lo económico como en las creencias, ritos sociales y religiosos (Quesada, 1994; Muñoz, 2012) para acabar impregnando los gustos estéticos ibéricos, como reflejan los objetos metálicos que hemos analizado.
La imbricación de la flora en la cultura material de tiempos iberos se ha estudiado en otro sitio suficientemente (Mata et al., 2010) y, aunque el tema de las pinzas caladas de bronce no encontrara en aquel estudio el acomodo necesario, al hilo de este planteamiento indagatorio, creemos haber reunido datos suficientes para reivindicar de nuevo una lectura que ya había esbozado Cuadrado y, más tarde, Cabré y Morán (1990), relacionando estas series decorativas de las pinzas con otros espacios estéticos como el de los damasquinados de las armas, las guardas de las mismas o, incluso, algunos broches de cinturón, igualmente reconocibles dentro de la cultura ibérica.

CONSIDERACIÓN FINAL

El recorrido que acabamos de hacer, al hilo de las pinzas de bronce de Osuna, ha significado comprobar que se trata de utensilios de época ibérica, que en nuestro caso cabría decir turdetana o ibero/turdeta, y que tuvieron una especial vigencia durante los siglos IV-III, pese a no descartar una pervivencia posterior.
Por otro lado, creemos demostrada la especial relación que tuvieron como elemento de ajuar funerario de guerreros, especialmente los ejemplares con decoración calada, como es el caso de las Alcaidías. Que una gran mayoría de las pinzas conocidas proceden de enteramientos y las de Osuna, así debieran interpretarse, al proceder de un lugar donde la acumulación de material arqueológico no puede interpretarse como un hábitat al uso y las propias referencias del hallazgo, hablan de una recuperación entre tierras cenicientas con abundancia de restos quemados propios de una tumba.
Este hecho es muy significante para el yacimiento de Osuna, puesto que extiende nuestro conocimiento sobre la existencia de nuevas zonas necropolares prerromanas en el yacimiento, ampliando el conocimiento que se tiene al respecto (Escacena y Belén,1994: 247-248), como nosotros mismos habíamos venido estudiando y avanzando respecto de este y otros hallazgos.
Estas circunstancias representan ir abandonando viejas teorías sobre la ausencia de enterramientos y necrópolis ibero-turdetanas en la Baja Andalucía como se había postulado (Escacena, 1989). Un debate en el que no hemos sido ajenos para confrontarlo y que los datos arqueológicos, así como otras investigaciones, no han dejado de corroborar (Quesada, 2008).
En definitiva, con las pinzas de Osuna, se vuelve a demostrar que la Urso prerromana, ibérica y turdetana dispuso de varias necrópolis, de las que una debió estar en la zona de las Alcaidías. En ella, la presencia de objetos como el estudiado, ejemplifica la relación comprobada con una sociedad en la que los guerreros fueron un eje fundamental. Algo que ya conocíamos por los célebres relieves del garrotal de Postigo, pero que ahora sabemos responderían a una tradición de la que esas pinzas y el cementerio de procedencia debieron ser un antecedente de referencia. 

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